ALBERTO CORTEZ. Cuando un amigo se va.

ALBERTO CORTEZ. Cuando un Amigo se va.

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Se nos fue Alberto Cortez en silencio, aunque él no fue un hombre de silencios. Como buen argentino fue gran decidor. “A lo mejor más que viejo, seré un anciano honorable, tranquilo y lo más probable, gran decidor de consejos” (canción la vejez). El silencio se lo dimos nosotros pues ya casi nadie le recordaba, aunque todavía seguía en activo, algo maltrecho, es cierto, pero aún tenía algunos apuntes en su agenda. Ese olvido a este escribidor, fatalmente especializado, últimamente, en obituarios le causa tristeza.

Cuando un amigo se va, entre sus muchas y muy bellas canciones, es el himno que procede como despedida. “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo.” Otros cantores, quizás, llegarán, aunque los tiempos que corren no parecen reunir las condiciones, el sustrato necesario para forjarlos. Pero no sería en vano que hoy, en que el grito se interpreta, erróneamente, como cantar, alguno de estos vociferadores jovenzuelos, (la Rae no admite vociferos que me gusta más), por azar o por despiste escuchara alguno de sus discos y aprendiera que, aun poseyendo torrente de voz, hay una manera de cantar, de decir la canción.

Se cuenta que debutó, siendo muy joven, con cancioncillas frívolas como “El Sucu Sucu” y otras del folclore americano. En esa primera época “frívola” creó su primer gran éxito “las Palmeras”

Ello le abrió las puertas de otros auditorios, así en su primer concierto “unipersonal” en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, sorprendió a propios y extraños cantando temas de Atahualpa Yupanqui, Dávalos, incluso dos poemas de los 20 de Pablo Neruda y una Canción Desesperada, en concreto los números 15 y 20 que él mismo musicó. En ese mismo recital, estrena su emotiva canción, “En un rincón del alma”. Este escribidor, mantiene su teoría de que los grandes cantores y compositores, de longeva carrera musical, aunque sigan componiendo, sus mayores “hits”, los compusieron siendo razonablemente jóvenes.

Nació así el cantor, no diremos comprometido, pues cantautor, se alejaba un tanto de aquella marca de identidad, propia de una época. Su canción, en general, no era protesta, más bien un canto a la vida. Se celebraba la suerte de vivir, “Qué suerte he tenido de nacer”. Lo cotidiano lo natural, nacer, crecer, enamorarse, eran tratados con sensibilidad poética. Pocas veces su canción iba contra, excepcionalmente, aunque sin saña, “Para ser un pequeño burgués” en la que no falto de ironía, reconocía que tales consejos los podía dar “por propia experiencia”. Su canción era a favor “pro”, evocativa “Mi árbol y yo”, melancólica, sin amargura “Distancia”, “Como el ave solitaria”. Y testimonial. En una sola canción, “El Abuelo”, entendemos porque a los españoles todavía nos llaman gallegos en Argentina. Mas esa hermosísima canción es, por añadidura, la exposición del viaje de ida y vuelta. Va el abuelo y se queda anclao, no en Paris, como en el tango de Cadícamo, sino en la Argentina y a esa nueva tierra entrega su vida. Vuelve el nieto, él, poco importa si es autobiográfica o no, quien promete al abuelo volver a la aldea gallega de la que el viejo salió hace tantos años. Y le habla al Viento del Norte, como antaño lo hiciera el abuelo.

Canta a la amistad “A mis amigos” a los que te dan la vida y con los que compartes lazos de sangre, “Eric Peter y Jan”. Y al amor, ese amor gigante, cuando el enamorado se torna devoto de su amada, sin obsesión, o con ella, “Te llegará una rosa cada día, que medie entre los dos una distancia. Y será tu silente compañía, cuando a solas te duela la nostalgia”.

La lista no acaba ahí, lo anterior es tan solo un esbozo. Mi relato tiene vocación de crear curiosidad en el lector que no lo ha conocido y aportar memoria a quien la ha perdido. Los derechos que tales prospecciones, acaso compra de algún disco, ya no los disfrutará; alguien los percibirá, pero la industria es así.

Se cuenta, que conoció a la Piaf, quién le hizo ojitos, como se los hacía a los mocetones de aspecto latino y se cuenta también, lo escribió él, que de ella adoptó la sobriedad en el vestuario sobre la escena: el traje oscuro, neutro, sin realce de blanco en el cuello ni en la manga, quizás para que el protagonismo, esto lo añade un servidor, no fuera el artista, sino la canción.

Cuando conoció a Brel, Jacques Brel, sobre el escenario, insolencia de juventud, se burlaba de él, por su forma estrambótica de gesticular y de sudar. Renée Govaerts, a la sazón joven amiga de Cortez se enfadaba muchísimo. La mujer belga, su compañera de toda la vida, le hizo reflexionar. Luego, por exigencias del guion, aprendió francés y comenzó a entender todas las cosas que Brel cantaba, la belleza de sus letras y sintió un profundo arrepentimiento.

Este relato llega a Facundo Cabral. Si Cortez, hoy en día está olvidado en España, Cabral es como si nunca hubiera existido. Un sujeto absolutamente silvestre, “No soy de aquí, ni soy de allá”. Este es el título y la letra continua:

Me gusta el vino tanto como las flores

y los amantes pero no los señores,

me encanta ser amigo de los ladrones

y las canciones en francés.

 

No soy de aquí, ni soy de allá

no tengo edad, ni porvenir,

y ser feliz es mi color de identidad.

 

Facundo Cabral murió tiroteado “por error” hace unos pocos años, 2011 en Guatemala. Alberto Cortez murió de tanto usar la vida este jueves, 4 de abril de 2018.

Acérquense a Alberto Cortez. Y este les llevará a Facundo Cabral. Descubran que lo Cortez no quita lo Cabral. Vale la pena.

 

El Morocho del Abasto

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