Botellas Sin Transición. Bares que Lugares.

 Botellas Sin Transición. Bares que Lugares.

 

    BOTTLE        Había quedado con ella. Le había conseguido arrancar una cita. En un bar, algo discreto, con poco público, pues no todos saben apreciar los buenos lugares. En previsión de esa cita me había ido dejando crecer el bigote y la víspera de la cita…, he de confesarlo, me engominé las puntas. Dormí con una redecilla, boca arriba; a buen seguro ronqué, pero es tan triste; no tengo a quién. Ya no tengo a quién. Por eso aquella cita me tenía en un sin vivir.

            La ducha de la mañana tuvo su aquél. No sabía cómo conducirme pues suelo dejar que la lluvia que escupe el rociador me golpeé la cara; así que no me creí despejado en toda la mañana. Comí frugalmente y perdoné la siesta, cosa que no ocurría desde la llegada del euro, para no arruinar mi magnifico bigote. La cita era para las siete, las diecinueve como anuncian en las estaciones de tren. Hora ideal, que permite, caso de que no avance bien la velada, pretextar una cena con la madre, que se ha quedado sola… Si la cosa promete, siempre se puede sacar el recurso de invitar a cenar.

            La cosa cuando promete, ya me habrán entendido, significa, tras una buena maceración, preguntarse por donde colgar la ropa. Muchos años de educación como varón tienen la culpa de esa fijación  de pensar que las copichuelas, la cena y luego más copichuelas son el preámbulo de algo que casi nunca sucede, ¿pero quién sabe? Si al menos supiera lo que piensan ellas… ¿Y si pensaran lo mismo,  pero por una falta de comunicación, no lo percibiéramos?

            Me vestí cuidadosamente, decidí engominarme también el pelo; ya saben lo brillante que queda. Me hice raya al medio. Me enfundé un traje que los modernos: hipsters, runners y demás fauna llamarían vintage… Hago un inciso sobre la palabra en cuestión. En nuestros días, en que cualquier neologismo intentamos pronunciar “a la inglesa”, pues creemos que no hay otra más que la lengua única, por alguna curiosa razón, esta palabra solemos pronunciar, más o menos a la francesa, algo así como [ventash], discúlpenme la transcripción nada científica, muy de andar por casa. ¡Error! Según me contó un sesudo profesor de inglés, en verdad es una voz inglesa y deberíamos pronunciar algo así como [vintish]. Reitero mis disculpas.

            Pero volviendo a mi indumentaria, en verdad era una levita de mi tío-abuelo Leopoldo. Me vi bien en el espejo, ni siquiera había de ponerme postizo alguno; mi barriguita era natural. Pero quise bordarlo; la herencia de Leopoldo me viene por parte de padre. Por parte de mi madre hubo el tío Anselmo. Me puse su monóculo, al fin y al cabo es lo único que nos dejó, repetía mi madre.

            Sé que el concepto del dandismo se ha perdido, mas yo me sentí muy dandi. Intuía que iba a triunfar. Llegué con ligero retraso, de lo cual no piensen que me siento satisfecho. Mi Julieta ya estaba allí. Por la expresión de su cara comprendí que había valido la pena la puesta en escena. Ella iba muy natural; ya saben lo sencillas que son las mujeres con la ropa y con el peinado. Nosotros, sin embargo, tenemos esa servidumbre. ¡Ay, condición de varón!

            Ella, al principio daba idea de querer escapar, pero ya saben cómo las apariencias engañan; seguramente estaría impresionada. Pedí una botella, sólo para que se serenara, sin doble intención. Si les sigo relatando por lo menudo el lance, corro el peligro de no ser creído. Pero por fortuna para mi reputación hay un documento gráfico y sonoro. Les dejo con él.

https://youtu.be/UUYKgvSFaT8

            El Morocho del Abasto.

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