El gran vacio, le grand vide, el gran buit, o grande vazio.

El gran vacio, le grand vide, el gran buit, o grande vazio.

    EL-GRAN-VACIO        No es ocioso el título que encabeza este escrito, ni es presunción exponerlo en esas cuatro lenguas queridas, practicadas y muchas veces leídas en los bancos de la estación de Ángel Guimerá. Ah, qué tiempos aquellos los de una juventud no tan lejana; os evoco no por la juventud cuasi perdida, sino porque había bancos donde sentarse a la espera de los convoyes.

            Alguien dirá: pero caballero, quedan bancos. Veamos, en mi familia, hace veinticinco años éramos 8 primos de veinticinco años cada uno. Nos llamaban los ocho jóvenes. Lamentablemente 4 murieron en acto de servicio. Hoy en día a nadie se le ocurriría decir: Quedáis 4 jóvenes. Pues eso.

            El metro de Valencia es un servicio moderno y pese a las críticas no es ni el más caro ni el peor de España. A mí me gusta y a muchos nos gusta. Más que el resto de los de España. Pero eso no es mérito de los gestores. Sencillamente es más nuevo y más ligero; es más fácil, pues Valencia, aunque muchos de los recién llegados se empeñen, no es todavía una ciudad caótica.

            Para muchos, los que nos movemos de los pueblos a la ciudad y tornamos por la noche con nuestra derrota, también con nuestros pequeños triunfos, el metro es más que un transporte. Forma parte de nuestro estilo de vida. Nos permite a los de los pueblos de l’Horta, prácticamente el agro moderno, pasar en pocas estaciones y escasos minutos de lo rural a lo urbano. En el transporte urbano, los pasajeros somos, permítaseme la comparación como los simios en el zoo. Cada uno busca su rueda. Si hay ruedas para todos, los simios sonríen, están tranquilos, divertidos. Si no, es la guerra por la rueda.

            Del mismo modo. En aquellos tiempos en que había bancos sólidos, de diseño funcional, bien ideados, sin patas para poder barrer por debajo, económicos, pues el respaldo era la propia pared, cada pasajero tenía su sitio. Los que no podían o no querían sentarse, tenían sitio junto a la pared, de preferencia en los intervalos en los que no hay carteles. La rueda del simio, para el pasajero en bipedestación es apoyar la espalda contra la pared. Del mismo modo que dentro del convoy es barra donde asirse.

            No habiendo bancos, no hay pared suficiente para acoger las espaldas de los pacientes usuarios y no hay nada más triste que un andén repleto de penitentes fatigados ocupando todo el ancho dificultando la circulación de nuevos viajeros. Las piernas, debido a la bipedestación exenta, tienden al calambre. Las bolsas, equipaje de mano, no se pueden apoyar en el suelo más que entorpeciendo al resto. Se forma el caos, peligra la civilización…

            Sólo los adictos al whatsapp, que somos la mayoría, pueden manejar estas maquinitas merced a la pericia con una mano por las muchas horas de práctica. Tienen, tenemos ese consuelo.

           Pero, el gran servicio que ofrecían las estaciones de metro a la cultura era inmenso. Cada una de ellas se convertía por minutos dentro de la biografía de cada viajero-lector en bibliotecas improvisadas y bien iluminadas. Cuando nos podíamos sentar o aún apoyar espalda y maletín contra la pared, emergían libros, apuntes; algún autor como el que suscribe se permitía amenizar la espera corrigiendo pruebas, escribiendo el arranque de algún capítulo o el artículo que publicar al día siguiente.

           Llegaron las fallas de 2018. Los bancos supervivientes, que era como decir los primos supervivientes de mi familia, fueron retirados. No sabíamos por qué. Pero algunos bien pensantes que, señores gestores del ferrocarril, también los hay entre los viajeros, pensaron: ya está, por fin van a renovar los bancos. Las suscripciones a las revistas se dispararon, los autores vendíamos libros; la locura…

         Pasaron las fallas, llegó la pascua, que como saben este año venía muy próxima y por fin, aunque tristemente, recolocaron los viejos bancos supervivientes que ya no admitían una correcta reinstalación: se convirtieron en tablas inclinadas donde los culos resbalaban y todos los de cada una nos mirábamos cual náufragos agarrados a una tabla de surf, esperando la ola fatal.

       Un banco, parece que fue retirado, otro precintado. Pero el culo del viajero tiene vocación sedente y hoy sobre cinco o seis parejas de glúteos habían violado el precinto y sobre él se sentaban, desafiantes y orgullosos de haber conquistado la última tabla.

        Señores gestores, es un clamor. Instalen bancos nuevos, en número igual a los que hubo en origen. No ofrezcan el triste espectáculo de las paredes con orificios de los tacos que sustentaban los viejos, con azulejos desportillados.

       ¿Cuándo podré de nuevo disfrutar de la lectura de Pérez Reverte, deleitarme con el Comisario Maigret, evocar el pasado con alguna Rondalla traviesa de Enric Valor o padecer los conflictos y turbaciones a los que me somete Saramago?

       Sin opción a la lectura ferroviaria, somos todos viajeros legos.

       El Viajero Errante

 

2 pensamientos en “El gran vacio, le grand vide, el gran buit, o grande vazio.

  1. Sí, que nos instalen nuestros bancos que tan necesarios son para nosotros los viajeros que llegamos con el pensamiento de: …ya llego y así descansaré un poquito mientras espero el metro …
    Y al viajero digámosle: respeto y cuidado con todo aquello que nos ofrece un buen bienestar y que tanta falta nos hace a todos por sencillo que sea.

  2. Claro que sí,, Manuel. Estos gestores merecen un tirón de orejas. Ellos y las instituciones que no invierten, léase gobierno central e instancias autonómicas. Faltan bancos, vagones, lavabos públicos en estaciones, máquinas expendedoras que vendan productos menos insalubres, mayor frecuencia, servicio de escaneo dentro del vagón para no morir de infarto cuando falla algo en la estación… hace falta un gobierno que vele por lo público y no ponga al zorra a cargo de las gallinas.

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