Regalos Navideños

        Regalos Navideños

 

     EVA-A P-R Y como todos los años, llegó el momento, tras la comida navideña, sobre las cinco y media o seis de la tarde, de repartir los regalos. El paquete que tenía mi nombre rotulado, más que mi nombre, mi ocupación: papá, presentaba forma paralelepípeda que dejaba poco espacio a la duda. Tomado en la mano diestra y sopesado, la duda fingida inicial, desapareció, A ello ayudó notablemente, un pequeño roto que presentaba el envoltorio, justo en un cantito que dejaba ver un atisbo del corte delantero.

     PCH-4 Vaya, un libro; además un libro de otro. Para un autor novel que acaba de sacar su ópera prima, en mi caso Cuentos Arquitectónicos, que todavía está en fase de promoción, puede parecer una ofensa. Pero, justo es reconocerlo; uno no ha llegado a escritor, más que, sobre todas las cosas, a base de leer.  Abierto el envoltorio, un nombre, Eva, dominaba en blanco sobre un fondo negro. Más arriba, en la portada, sobre un picado, término fotográfico, mostrando una pareja; elegante ella, de gabardina él y tocado de sombrero a juego,  se leía: Arturo Pérez-Reverte. El maestro Reverte, me descubro ante él. Sé que no pasa por sus mejores momentos de aceptación; es el precio que hay que pagar pos ser opinador sin tapujos. Se le acusa de haberse radicalizado en la idea de España. Mas ¿qué otra cosa puede hacer? Sus detractores no comprenden, quizás, que a él le duele España. No le duele desde que tiene uso de razón, sino de mucho antes; de los tiempos de don Francisco de Quevedo o antes.

      Llegados a este punto conviene traer los versos de Jaime Gil de  Biedma que cantara y  canta Paco Ibáñez.

Triste historia

De todas las historias de la Historia

la más triste sin duda es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
quisiera terminar con esa historia
de ese país de todos los demonios.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos triste; en otra España,
en donde ya no cuenten los demonios.

Pido que España expulse a esos demonios.
Que sea el hombre el dueño de su historia.
De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España.

 PIETR-LE-LETON           Bien, el caso es que, sin motivo aparente, una concatenación surrealista e imposible me llevó a pensar en Georges Simenon, el autor de unos ochenta Maigret, centenares de novelas y millares de cuentos. El hombre excesivo, pero que todo lo escribía bien. No se notaba la premura, ni la velocidad con que lo hacía. Sus novelas no estaban contagiadas de ese vértigo, antes al contrario, gozaban de una serenidad, que le otorgaba sus dotes de narrador, su genio para contar historias. Naturalmente, un hombre que escribía con esa facilidad insultante, jamás fue nominado para el Nobel, ni elevado al Olimpo de la Letras.

            Por eso y por “méritos” propios, resulta insultante la concesión del Nobel 2014 a Patrick Modiano. Es frivolidad, mía, lo reconozco juzgarlo tan solo por dos novelas que he leído, una, Barrio Maldito, novela aceptable, con un final fraudulento y otra, llamada novela, una de la trilogía de la ocupación en la que se fundamentaba el premio, La Place de l’Étoile, un escrito delirante que carece de todo elemento del que debiera constar una novela.

            Siguiendo este repaso, poco amable, a los considerados grandes, me repugnó La Metamorfosis de Kafka, me irritó Rayuela de Cortázar, que no conseguí terminar, pero en su favor diré, que desagradándome, de alguna manera me cautivó, pues aún rememoro pasajes que no he olvidado, cosa que no me ocurre con otras novelas más amables. Me hizo bostezar a intervalos 100 años de soledad con la nómina interminable de Aurelianos Buendía.

            Y me pregunto, estos considerados grandes genios, ¿escribían mal? En absoluto, eran maestros del  lenguaje. Por lo tanto, llego a la conclusión de que es la historia que narran, a la que no he sido sensible.

            Si vamos a algunos de los grandes, que sí, que sí me han entusiasmado: Flaubert, con su Madame Bovary; Maupassant con su Bel Ami… Otros, que sin entusiasmar, me han gustado: Alexandre Dumas con sus Tres Mosqueteros, algo menos, Sthendal con su Le Rouge et Le Noir, Camus con su L’Étranger…

            Pero para mí, todos palidecen al lado de Simenon. ¿Será por mi ascendencia plebeya? Por eso, sigo siendo entusiasta de Pérez-Reverte. Veremos, tras la lectura de Eva…

            El Morocho del Abasto

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