EL SÍ ES SÍ DE LAS NIÑAS

 

El sí de las niñas, es una obra teatral de Leandro Fernández de Moratín, estrenada en Madrid, según la Wikipedia en 1806. Me tomo la libertad de adaptar el título, ya que el pobre no va a protestar, añadiéndole un “Sí” para estar con los tiempos que corren.

 CAM-M-1-SIM-web          EL SÍ ES SÍ DE LAS NIÑAS.

A lo largo de mi ya luenga vida,
Mujeres hubo, ¡ay qué dolor!
Que sin decirme ¡no!
supieron negarme su favor.

Sin que ninguna Ley
a ello las animase,
más allá de la Ley del Deseo
que a unos concede lo que a otros niega.

Y las que me recibieron
que también las hubo,
no me dijeron ¡Sí!
ni yo se lo pregunté.

Simplemente sus brazos me abrieron
y con ellos el alma.
Todo el tiempo que ellas quisieron.

 

04 de Marzo de 2020
igual a 04 de Mayo de 2019

El Morocho del Abasto.

La Liga de las Pelirrojas. El Concurso.

           La Liga de las Pelirrojas.
           El Concurso.

La_liga_de_los_pelirrojos-WEBEl relato que sigue es un guiño, en cuanto a título, a la obra de Sir Arthur Conan Doyle, creador del celebérrimo personaje Sherlock Holmes: La Aventura de la Liga de los Pelirrojos. Hemos cambiado el género enunciándola al estilo de Unidas Podemos, con el doble fin de eludir la acusación de plagio y la de dar apariencia de la Modernidad imperante de estos tiempos, tan importante para no tener tropiezos.

    La Liga de Pelirrojas, se decidió esta denominación en Asamblea General en presencia de los pocos miembros varones, pelirrojos también, que no se opusieron, porque ¿quién se opone a las mayorías? Éstas son la Dictadura de las Democracias, como lo fue la del Proletariado en el comunismo ruso que fracasó, como quizás también lo hayan hecho las democracias, aunque todavía nadie se atreva a reconocerlo.

            La Liga de las Pelirrojas, pues, grupo cerrado, tan sólo abierto a los de ese pigmento capilar, propone y convoca Concurso Literario para sus miembros, pelirrojos todos, como se ha dicho. Incluso en círculos restringidos hay ideas que penetran, aunque no sean portadoras, las ideas, de este matiz cromático.

            La Igualdad ¡qué gran palabra! ¡Convoquemos un concurso en loor suyo!

            Durante cuatro más uno, es decir cinco meses, sus miembros, de forma voluntaria, faltaría más, estuvieron escribiendo y enviando sus creaciones literarias respondiendo a cinco consignas que incluían la gran palabra. Para cada una de ellas hubo un mes de plazo.

            Suerte con el Jurado —así era el deseo animoso con el que se acogía cada escrito. El premio consistía, para los relatos seleccionados, formar parte de un libro coral y para los autores de los mismos, ver su nombre impreso junto a su creación, cuestión nada baladí para el autor y su vanidad inherente a todo creador, pelirrojos incluidos

Nuestro pelirrojo, pues justo es que un relato tenga un protagonista, siquiera como hilo conductor, encontró tan poco atractivo a las propuestas, pues a priori, sólo cabía seguir el camino esbozado, el de las mayorías, el de intentar ganar el premio como el que responde a una encuesta que se ve inducido a lograrlo; si va de reciclaje, pongamos el caso, nadie se define como no practicante.

Y nuestro hombre, pelirrojo, como se ha dicho, ante la propuesta: Cada vez más iguales en género, no supo que pensar; quizás haya ideas castrantes.

Una frase desafortunada —pensó en primera instancia—; no parece ni bien construida. Pero las ideas, aún las sinsentido, a fuerza de repetición, permeabilizan el alma más impermeable y nuestro hombre, pelirrojo la iba rumiando de a poco. Parece una frase trampa —se dijo— que permite un breve desarrollo para concluir diciendo Amén.

Mas no quiero transitar por el camino marcado —añadió para se—. Le daré la vuelta y así al menos, me divertiré un poco.

No pretendemos fatigar al lector exponiendo las propuestas biempensantes de los meses siguientes.

Son una provocación, eso es lo que son —explicó nuestro hombre para motivarse. Participó en las cinco convocatorias eludiendo lo mejor que supo el cómodo sendero que la brújula le marcaba.

El Jurado, ese gran desconocido falló; tiene su guasa la actividad del jurado: fallar.

Los relatos seleccionados fueron cincuenta y uno. Cuarenta y dos de veinte mujeres pues entre ellas, catorce fueron agraciadas múltiples veces, es decir multiagraciadas. La R.A.E. tan permisiva últimamente, quizás asuma la palabra.

Si han seguido la cuenta, concluirán que faltan nueve relatos, cuya autoría lo fue de cuatro hombres, tres de ellos multiagraciados, quizás la R.A.E. también acepte el masculino y, el que queda, nuestro hombre, uniagraciado. Esta última no creemos que tenga éxito ante la Academia que limpia, brilla y da esplendor.

A nuestro autor le sorprendió la elección del relato, tanto como no le sorprendió la no elección del resto. Es ingenioso mi escrito —se animó—, cuanto apenas insurrecto en contra del Pensamiento Único; no como los otros que presenté.

Pero este pelirrojo uniagraciado suma, a sus muchas faltas, la de tener veleidades sociológicas. Así anota: 42 relatos de mujeres, 9 de hombres; 20 mujeres seleccionadas, 4 hombres seleccionados. Algo chirría; es asimétrico; exigimos la Paridad. Otra bella palabra. Poco importa si no había suficientes pelirrojos talentosos, ni siquiera si no estaban interesados en las propuestas. Hay que tender a la Paridad. ¡Habrá que introducir medidas correctoras!

Ya está —concluyó—. Introduciremos sibilinamente el concepto de Enfoque de Género Masculino, (E.G.M.) Los consideraremos, a los hombres, pelirrojos o no afectos de una deficiencia, pero tiene que ser algo sutil y elegante: pies planos, por ejemplo. Les daremos unos metros de ventaja en cada carrera; en la carrera de la vida. ¿Cuántos? Comenzaremos por el equivalente al 10% del recorrido y si no fuera suficiente, iremos incrementando, poco a poco, la ventaja. Incluso, en ocasiones especiales, colocar selectivamente alguno directamente al otro lado de la meta.

No ahorraremos recursos ni escatimaremos fatigas. ¡La Igualdad como prioridad!

El Morocho del Abasto.

LA IGUALDAD

               La Igualdad

LA-DIVINA-SEMEJANZA-WEBSe habla tanto de Igualdad que, a menudo y cada vez más, se olvida o se desconoce su significado. Las palabras, todas bellas, tienen, según la lingüística, su fonética, su fonología, morfología, sintaxis y semántica, principalmente. Y es curioso que siendo la lingüística una disciplina de letras, sus titulares se consideren científicos. Pero ese es otro cantar. Afortunadamente para las palabras, de las cinco disciplinas anteriormente citadas, las cuatro primeras se dejan para los especialistas, pero en cuanto a la semántica, o significado, para andar por casa, hay muchas e invasivas injerencias.

Lo peor que le puede ocurrir a una palaras es convertirse en etiqueta, o aún peor, en rótulo de ministerio; va a ser maltratada. Pero claro, la palabra es la que es; me viene a las mientes la letra de la canción de Quilapayún que, según leo es elrescate de una cancioncilla que fue muy popular durante nuestra guerra civil de la primera mitad del siglo pasado: Qué culpa tiene el tomate / que está tranquilo en la mata / y viene un hijo de puta /y lo mete en una lata / y lo manda pa Caracas.

En general, los Apostolados, más beligerantes por una supuesta igualdad, parten del hecho de intentar forzar una desigualdad, donde a priori no la hay y, a partir de ahí proponer unas medidas correctoras, harto agresivas, en las que, para primar a un colectivo, se discrimina al resto de la humanidad, salvo a aquellos, que formando parte del resto de la humanidad, a su vez, sean asimilables a otro colectivo que también se desee primar y que, a buen seguro, entrará en competencia con el anterior.

En esta carrera de obstáculos que es la vida, se le asigna condición de minusvalía a ciertos colectivos, a quienes se les da muchos metros de ventaja, cuando no, se les pone directamente al otro lado de la meta. Por ejemplo, al 51% de la humanidad; las mujeres. Las mujeres, como los hombres nacen, nacemos plenos y plenos de facultades y posibilidades, salvo impedimento. Además, las leyes y nuestro ordenamiento así lo amparan. Por lo tanto, estas medidas correctoras destruyen, pulverizan, aniquilan el principio de Igualdad. El legislador y aquí deducimos que se trata del legislador varón, quiere ganar el premio y añade que, además, para acceder a ciertos empleos públicos, se primará de forma añadida, a las mujeres que hubieran sido objeto de violencia de género. ¿Ha pensado el legislador varón, pues me cuesta creer que se trate de la legisladora mujer, lo que puede suponer para una mujer, así maltratada, ir aireando su dolor, su circunstancia…?

El año pasado se convocó un concursillo literario cuyas obras seleccionadas pasarían a formar parte de un libro que constaría de cinco capítulos; en cada uno de ellos un cierto número de obras de diferentes autores. Los capítulos propuestos fueron los siguientes:

Como denominador común: Cada vez más iguales…

Capítulo I. En género

Capítulo II. Sin importar el origen.

Capítulo III. En Capacidad.

Capítulo IV. En oportunidades.

Capítulo V. Sexual.

Sé que a muchos les costará creer tal convocatoria, a otros quizás no, pues vivimos los tiempos que vivimos. La reacción primera de quien les escribe fue la de dejarlo pasar, pues, a priori, lo le veía la menor opción de creatividad a tan truculentas propuestas. No obstante, medité sobre ello. Había un mes concreto para cada uno de ellos.

Al cabo de un tiempo, vi que al primer enunciado, se le podía dar la vuelta y la musa se me apareció generosa. Presenté el escrito. Llegó el mes siguiente, octubre para más datos y el escribidor pensó: más de lo mismo, pero de nuevo, la musa se presentó con un giro nuevo y así sucesivamente. Presenté un escrito para cada capítulo. No sé la suerte que han corrido los escritos enviados, quizás estén todavía en fase de deliberación. No albergo grandes ni medianas esperanzas de ser seleccionado, pues ninguno de ellos sigue los dictados de lo llamado políticamente correcto, esto es; del Pensamiento Único.

Es por ello que me propongo publicarlos en este blog, uno por semana, por si alguien los pudiera leer y así comprender, quizás, que las cosas, tal vez, no son como nos las cuentan y que el bien común que nos anuncian, no es la razón última que se pretende. O tal vez sí.

            El Morocho del Abasto.

NaNoWriMo

NANOWRIMONaNoWriMo

 

Llevo dos años escribiendo una novela. Es mucho, dirán algunos, no es nada diría, tal vez, Flaubert si viviera; tardó cinco años en escribir Madame Bovary. Claro que él se dedicaba sólo a eso. Bueno a eso y a… Cuando interrumpía su escritura novelesca, como descanso y reposo, se dedicaba a escribir un dilatado epistolario; con Georges Sand, entre otras.

Vargas Llosa, en una entrevista que le oí no hace demasiados años, exponía que él, aun habiendo tenido un buen número de hijos, no se había ocupado más que de leer y de escribir; del resto lo había hecho su mujer a quien le estaba y estaría eternamente agradecido. Poco después la dejó por la irresistible Isabel.

Debe de ser muy cundidor, razono, desde el punto de vista literario, poder consagrar lo más claro del día a escribir. Un servidor tiene que disputarle el tiempo a la escritura con ganarse la vida, o intentar hacerlo, con las cuitas de lo doméstico, con los hijos, con la madre ya mayor, con el bricolaje ¿qué se yo? Como muchos otros, en eso no me hago el mártir, ni maldigo mi suerte.

Estas reflexiones que sin serlo sé que pueden sonar a lamento, vienen a colación por lo que el título indica. Se lo explicaré, no trato de hacer pedagogía, de hecho, fue mi hija quien me puso al corriente del asunto: NaNoWriMo: National Novel Writing Month. Dicho en román paladino: un mes para escribir una novela. Noviembre. Que no me parece mal mes, incluso el mejor.

Es la noche del 28 de noviembre y no la he empezado. Me quedan dos días más esta noche. No da tiempo. Reto tan sólo posible para Corín Tellado, Georges Simenon o quizás Jordi Sierra i Fabra.

Ya me reservo para mañana, el viernes negro al que no acudiré tampoco, pero reivindico el término frente al Black Friday, como dice el maestro Reverte: Si hay que hacer el gilipollas, hagámoslo en español.

Mientras tanto, tras el viernes negro, trataré de terminarla durante el tibio diciembre valenciano, aunque, claro, llegan los puentes, las celebraciones, las comilonas. Quizás seguiré tras las uvas, en el año nuevo que ya viene raudo. Y éste será el tercero. Y aún tengo otra, que empecé un años antes. Pero ésta, lo habéis adivinado, es otra historia.

 

El Morocho del Abasto.

La Librería sobre el Jardín.

2-REGISTRO-ABIERTOLa Librería sobre el Jardín.

Una de las ventajas de escribir en dos blogs o cuadernos cibernéticos es que, habiendo escrito en uno por considerar la temática más acorde a lo que en él se trata, permite, sin embargo, en el otro, colgar el enlace al primero.

Así lo hemos hecho. Confiamos en que la experiencia sea de su agrado

El Morocho del Abasto

 

http://blog.msal-delinea.com/la-libreria-sobre-el-jardin/

 

EL SEXO DE LOS JUGUETES.

            EL SEXO DE LOS JUGUETES.

 

LOTE-ENCAPSULADO-WEB           El hombre rumiaba ideas sobre el sexo. Más específicamente sobre la palabra sexo. Que no es lo mismo. Razonaba que el vocablo se había extralimitado de su campo semántico. Por los ideólogos, charlatanes, meritorios, fundamentalistas y demás acólitos del Pensamiento Único de nuestros días. Era muy consciente de que esta enumeración, formulada según el castellano por él aprendido, que acuerda el plural, expresado en masculino para el colectivo de mujeres y hombres, aún sonando a mofa o ligeramente despectivo, nunca despertaría las iras que de hecho despertaría, caso de elegir el resbaladizo lenguaje, bautizado: inclusivo y se refiriera a tal nómina, siguiendo el ejemplo de Unidas Podemos con los femeninos, esto es: ideólogas, charlatanas, meritorias…

No era dado a tales excesos, pero consideraba a la mujer de sexo femenino y al hombre de sexo masculino, Vaya obviedad —se decía. Sí, pero la escoba —añadía para sus adentros— no tiene sexo y es de género femenino y el automóvil, que tampoco lo tiene, aunque a veces lo parezca, es de género masculino, independientemente de que la una o el otro sea utilizado por una mujer, o por un hombre.

Es obvio —continuó con su razonamiento—, pero de nuestros días, llamar a las cosas por su nombre, parece de lo más subversivo.

El hombre quería hacer un regalo. De eso nadie se asombre, pues es una pulsión que a veces asalta a los varones. Podría haber buscado en un bazar oriental, lo más socorrido, o en un gran almacén, pero decidió hacerlo en el lugar que consideraba propio al asunto, esto es; una tienda de juguetes, de toda la vida, de esas que tienen los días contados. De esas que, buscando con mimo, todavía es posible hallar. El juguete manual, el de palpar, acariciar o destrozar, ha caído en el olvido, en favor de sensaciones virtuales sobre pantalla plana. Salvo para los más pequeños, eso cree el hombre.

—Buenos días.

—Buenos días, señor; ¿en qué puedo ayudarle?

La dependienta, mujer agradable, de las que en otros tiempos se decía, de mediana edad, bien conservada, deja lo que está haciendo y le mira. No parece que haya nadie más en la tienda.

—Quiero hacer un regalo, de esos que hoy en día se tildaría de sexista.

—Ay, ay, ay, a ver.

—¿Tiene una escobita con su recogedorcito, de esas que en otros tiempos se regalaba a las niñas, con gran deleite de ellas, por cierto?

—Venga conmigo.

El hombre la sigue. Al llegar al final de la pared, cubierta de estantes, la dependienta tuerce a la izquierda; el hombre tras ella. La mujer, sin girarse, le comenta.

—Tiene usted razón; hoy en día todo es sexista, machista o políticamente incorrecto. Un pueblo que reniega de sus tradiciones… Bueno ya hemos llegado. Mire, tengo este carrito surtido con escobita, fregona pozalito… o bien esto otro.

Esto otro resulta ser un panel de cartón que soporta una escobita, palita, esponjita en forma de estrella cepillito y botellita de detergente líquido. Un lotecito. Todo ello, encapsulado en plástico.

Yo, la verdad, con esto tengo bastante —dice el hombre señalando la escoba y la pala.

—Lo siento, viene todo junto.

—Me quedo pues el lote pequeño, el encapsulado.

El hombre paga, el precio es cinco céntimos menos de cuatro euros. No se olviden de que es un juguete al estilo de los de antes, de los que se solía ofrecer a las niñas, pero fabricado en… Dios sabe dónde. Sale a la calle.

Camina con una sensación extraña. Es la idea perversa de cargar con un lote, cuando sólo interesa un producto del conjunto, por la frívola razón de que es barato. Camina tan ensimismado con estas cuitas que no logra esquivar a una señora que se le viene encima.

—Disculpe señora, no la había visto.

—Pero Manolín, ¿es que no me reconoces?

Sólo puede llamarle así alguien que le conozca de la infancia. Y de la infancia reconoce a Jeseus, una muchacha que pasó de niña a mujer al tiempo que se hizo militante.

Ante su silencio, ella repregunta:

—Pero, bueno hombre, ¿Qué haces por aquí?

—Si me moviera la curiosidad, te lo preguntaría yo a ti. En realidad, este es mi barrio de adopción, te lo aclaro; es la zona en que trabajo. Vengo de la juguetería esa de ahí, de comprar un juguete. Eso es todo.

—Ay, ¡enséñamelo!

—Bueno, si no es nada, una tontería.

El hombre extrae de una bolsa de plástico amarilla, por la que le han redondeado a 4 euros, su flamante lote.

Jeseus arruga el morrito y exclama:

—Pero Manolín, no me esperaba esto de ti, ¿tú sabes lo que estás haciendo? ¿Sabes el trauma que le vas a crear a la pobre niña? ¿Dónde dices que lo has comprado? Me van a oir. Y tú, eres un sexista, un machista yuxtaposicional.

¿Machista yuxtaposicional? —piensa el hombre— ¿Qué será eso? Además, trauma, ¿qué trauma? Conoce algunas chicas ya talluditas, que tal vez en su tierna infancia, recibieron ese peligroso juguete y están tan traumatizadas que dejan que sus madres, incluso sus padres, se sigan ocupando de la limpieza.

—Es para un niño —no sabe por qué lo dice, pero le sale así.

—Anda, que tierno, habérmelo dicho antes. Eres tan delicado… ¡Que sensible! ¿Tienes un poco de tiempo libre? Yo sí, anda vente a mi casa y te invito a un té bergamota. ¿Te apetece?

—¡Un té bergamota! A ver quién es el guapo que se resiste a tal proposición. Vamos, te acompaño.

El té resultó amargo, pues el azúcar es malísima para la salud. Así lo dijo Jeseus. Sin embargo, tras la infusión y su amargura, se le mostró ofrecida la miel de sus labios, pues aunque habrá quien lo dude, incluso las militantes, a veces, necesitan un cuerpo que acariciar. Incluso de varón.

Tras los goces, sus fatigas y suspiros, la mujer, sintiéndose obligada, según las leyes de la hospitalidad, toda candor, le propone.

—Queda todavía algo de té. Se habrá enfriado, pero fresquito también está muy bueno.

El hombre se siento violentado. ¿Qué necesidad hay de pasar otro trago amargo? Este atentado le hace reaccionar, sin medir las consecuencias.

—¿Sabes, querida? En verdad el regalo es para una mujer.

¿Cóoomo? Pero tú eres lo peor, ¡Márchate, vete de mi casa! Mira que venir con engaños para abusar de una pobre mujer. ¡Devuélveme el polvo que te he dado!

—Bueno, bueno, eso de que me has dado —responde el hombre, al tiempo que se viste—. En todo caso ha sido un polvo compartido, como las tareas del hogar. ¿No te parece?

De nuevo en la calle, el hombre transportaba su pesada carga, liviana en gramos; mucho menos de un kilo, pero incendiaria, casi subversiva, Dobló el cartón hacia el interior de la bolsa amarilla de 5 céntimos, para que nadie adivinara su contenido ¿Le doy una bolsa —había preguntado la dependienta antes de redondearle el precio? Vale —le había respondido. Así serán cuatro —resolvió la mujer. Entonces me la cobra —replicó el hombre. Por eso le he preguntado —sentenció.

El hombre llegó a su destino.

—Allô

Podría haber preguntado, ¿quién es?, pero ella era así al telefonillo del portero automático.

—L’inconnu —respondió el hombre; dónde las dan, las toman.

Aun así, la puerta del zaguán se abrió con un zumbido de abejorro gigante. El hombre subió en ascensor, no diremos hasta qué nivel, para no dar pistas.

La mujer abrió la puerta de la vivienda. El hombre entró, no sin frotar su calzado en el felpudo.

—Bonjour —saludó, siguiendo en clave francesa.

Y se produjo la “bise” que es como los franceses llaman el saludo con dos besos, o con tres, que también en esto son excesivos.

—Mira lo que te he traído —anunció depositando sobre la mesa, muy elegante por cierto, su pesado-liviano cargamento.

La mujer con la inherente, curiosidad femenina —pido perdón si con esta apreciación hiero sensibilidades —razonó el hombre, exclamó:

—Ay, ¿me has traído algo?

—Claro, tómalo, tuyo es, mío no.

—Anda ¿y esto? —reaccionó la mujer al contemplar el lote.

—Ábrelo, por favor y exponlo sobre la mesa.

Así se hizo y el hombre sacó su telefonillo portátil y fotografió el lote, bien dispuesto. Ésta es la imagen que tomó.

LOTE-SUELTO-WEB           —Bueno querido, no te voy decir que no es bonito, pero ¿qué quieres que haga con todo esto? Mi hija creció ya tanto que, ahora prefiere otro tipo de juegos…

El hombre sonríe. Toma la escobita, haciendo caso omiso del resto. Retira el mango de la misma, que la mujer había montado. Su longitud es de apenas unos treinta o treinta y cinco centímetros. Entonces, extrae un palito de madera, redondo, de 1 centímetro de diámetro, en el que nadie había reparado: ni la dependienta de la tienda; ni Jeseus, la militante; ni la mujer que habita un piso alto, cuyo nivel no diremos, para no dar pistas y lo instala a modo de mango, mucho más largo y funcional.

—Toma —le ofrece a la mujer—. Aquí tienes este ingenio, mitad comercial, mitad casero, para poder barrer el exiguo hueco entre la nevera y la pared. ¿Qué te parece?

—Genial —reacciona la mujer—. Muchas gracias. Pero ahora, el resto del lote te lo llevarás; ¿no es as´?

—Permíteme que te lo deje en custodia. No sabes el peligro que conlleva transitar con él por la calle.

 

El Morocho del Abasto.

Alma Orillera

Alma Orillera.


La Rae, da para el término orillero, esta pobre entrada.

orillero, ra
De orilla1.
1. adj. Arg., Cuba, El Salv., Guat., Nic., Par., R. Dom., Ur. y Ven. arrabalero. U. t. c. s.
2. m. Cazador que caza junto a los límites exteriores de un coto.

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El Orillero, según definición muy particular, sería aquél que no es de ningún sitio y de los dos a la vez. El que ve los defectos de las dos partes, pero también las virtudes. El que no se decanta y trata a los dos por igual. El que aspira a ser querido en ambas zonas. La zona orillera es el espacio común para la convivencia. No es el espacio físico aunque también; es el espacio emocional.
Mientras, hablen otros del gobierno, del mundo y sus monarquías… (Luis de Góngora)

El Morocho del Abasto.

Gran Visir

 GRAN-VISIR-PICARON        Gran Visir.

         En Valencia, su pueblo, que no el mío, se me ha muerto José Vicente Albiac, con quien tanto quería. (*).

         Te fuiste galante, como tú eras, cediéndole el paso al zaguán a tus vecinos, a los que no diste tiempo a sujetarte. Fue tu única descortesía; te desplomaste y ya nada se pudo hacer. Tu desplome quedó en el secreto de los íntimos más cercanos, de tus vecinos, de tu familia…

         Sólo cuando tu viuda; que palabra tan frívola: en verdad tu compañera de todas las navegaciones tuvo el ánimo de comunicarlo a los de la siguiente onda, pues el dolor es como un seísmo, que tiene su epicentro y se va extendiendo en ondas… Pues la onda me llegó veinte días después, mientras caminaba por una de las callejas de tu centro querido. Amparo, me dijo: ¿estás sentado? Y se cortó la comunicación. Al cabo de unos minutos volvíamos a hablar, pero ya no era necesario; ya lo sabía.

         He tardado un tiempo en decidir si escribir para mí y con ello explicarme, acaso para Amparo y dejarlo en una nueva complicidad que nunca tuvimos, pero descifrando el enigma, lo escribo para ti y aunque eras celoso de tu intimidad, tengo el pálpito de que apruebas que lo esparza a los cuatro vientos, como las cenizas de una amistad que tan sólo la muerte ha conseguido cremar. Amigo ausente pero presente, escribo para ti, pero a la vez para que todos puedan leerlo, pues las líneas que siguen no hablan de mi dolor, sino de ti y de la alegría de haberte conocido.

         Ando algún tiempo pensando, quizás unos años, que en los tiempos cibernéticos que corren, el que cruza la línea postrera, aparte de lo que lleva en los bolsillos, cachivaches en los cajones, acaso algún secretillo entre las páginas de un libro, deudas o algún patrimonio suculento; afectos y llantos, deja un mundillo intangible relativamente moderno: Claves de telefonillo portátil, listas de contactos, escritos en alguna carpeta recóndita del computador personal, enlaces y publicaciones en las redes sociales… Queda por tanto, un ordenador mudo y ciego, como una piedra y unas historias inacabadas acaso en Facebook, Twitter u otras redes.

  GRAN-VISIR-MIRANDO-WEB       Tu última publicación en Facebook es del 22 de abril del presente, 2018, en el que una foto muestra un caballo yaciente sobre un adoquinado y un mensaje que reza así: Hola a todos, ¿podéis firmar esta petición? NO MáS COCHES DE CABALLOS EN SEVILLA. Desplegando la noticia se lee que, con alguna frecuencia mueren caballos en las calles de Sevilla de inanición, de fatiga y de exposición al sol mientras transportan turistas. Nunca firmo peticiones, pero he hecho una excepción; no por la causa, sino por ti; es mi pequeño homenaje.

         Sé que te hubiera gustado, pues los animalitos, como decías, te tocaban la fibra sensible, como la naturaleza en general, y el mar en particular, ese mar mediterráneo que aprendiste a amar, acaso cuando empezaste a rondar a tu chica cabañalera. Ese mar y ese puerto de Valencia, que fue joya del Mediterráneo, ahora en retroceso y camino de nada; contenedores impersonales para el turismo masivo… ¿Y la lámina de agua?, te preguntabas y les preguntabas desde la terraza del ático de una prima que daba a lo que fue el puerto. Mientras yo me asome aquí, respondías en un monólogo para todos los congregados, y pueda ver que la lámina de agua no decrece, aún conservo una cierta esperanza.

         ¿Qué causas perdidas andarás ahora a buscar? Nadie se lleva nada; lo intentaron los antiguos egipcios haciéndose enterrar con sus riquezas, pero tú, estoy seguro, te llevaste un bolígrafo, un carboncillo, o más modernamente una Tablet, para perseguir a los arcángeles, a las almas en pena, a los resucitados; a toda fauna celestial o en tránsito que hallares, para pedirles una firma por la salvación de las ballenas celestes, las encinas del purgatorio o los cachorros huerfanitos.

         Activista antitabaco de vocación, fraguada como todo lo que perdura; desde la infancia, cuando cada cajón era un almacén tabaquero, cuando en la Ciudad Luz: Valencia, ríanse de París, la niebla sempiterna en la casa de las cinco de la tarde, niebla de humo de cigarro lo cubría todo. Tus evocaciones de niño lo eran de un señor todopoderoso y todo-fumante que, aun perdiendo dedos por el mal que le minaba, entonaba odas al dios del tabaco para que al menos le conservara dos para sujetar el cigarrillo.

         Evocaciones, hechos que no presencié, pero tu relato minucioso me hacía vivirlos y aún hoy recuerdo, como si a mí me hubiera pasado, la meticulosidad dominguera con la que tu madre, esa dama que te precedió por poco en el viaje postrero, te vistió con zapatos charolados y calcetinitos blancos, como correspondía a un niño bien, para las pruebas de ingreso al colegio religioso por ella pretendido. La primera prueba fue de gimnasia, me dijiste y añadiste: ya me parecía que aquellos niños vestían muy raro.

         Anécdotas que podrían quedar en lo privado, pero ¿no es la obra cumbre de la literatura española y universal, otra cosa que las anécdotas y vicisitudes de dos amigos tan dispares como Sancho y don Quijote? No aspiramos, misión imposible, a la gloria de Cervantes, ni tan siquiera a la Glorieta de Quevedo, pero fuimos Sancho y Quijote; que cada cual haga el reparto, como en aquella tarde ventosa antecámara de tormenta. Tu clienta la Reina del Cabañal, reclamaba como suyos los terrenos ante un inmueble que también pretendía. Allá nos fuimos: los terrenos, en verdad eran todo un frente litoral de costa, de playa de la Malvarrosa. Y como quien no quiere la cosa, Quijote y Sancho, Sancho y Quijote se pusieron, nos pusimos a medir la playa. Jalones, jabalina en nuestro argot, mira telescópica, cinta métrica vencida por el viento… Coreografía de locura, vociferando medidas, el papel que se doblegaba por la fuerza de Eolo, negándose a recibir el apunte de un Sancho alfabeto. Extenuación y júbilo resultante. ¡Mi señor don Quijote, hemos medido la Malvarrosa! Hoy, mi señor don Quijote, mientras esto escribía, busqué entre carpetas vetustas, la anotación imposible, el croquis maltratado, acaso el plano resultante. Afortunadamente, para no sonrojarme de lo naifs que fuimos, el papel no apareció.

         Aquella tarde, tuviste un descuido, se te olvidó que el mar es de todos y de nadie, la playa también, o ¿es que quisiste certificarle a tu clienta la ilusión de que podría acotar la playa? Claro, ella venía de aquellos tiempos en que esto y casi todo era posible.

         Para un piscis como tú, cualquier pretexto para recordarlo era bueno, cefalópodos, lamelibranquios, crustáceos, pescado blanco azul y el rojo salmonete, todo animal marino comestible era bien recibido en tu mesa. ¡Ah, como buen piscis…!, repetías. Un día, continuando en esta clave marinera, recuerdo cuando me contabas tu teoría, una de ellas, filosofía de bon vivant. No quiero empeñarme ni en coche ni en piso, si para ello tengo que renunciar a mi forma de vida. Si por ir apretado tengo que renunciar a la mojama y recurrir a la humilde sardina; no por devoción, pues voluntariamente la sardina es exquisita, pero si es por renuncia no quiero. Por lo tanto, no quiero ni ese coche ni ese piso, que me haga caer en esta renuncia a los placeres cotidianos.

DE-ECONOMIA-WEB         ¿Cuántas cosas quedan por escribir? No hablo de lo pasado, mas de lo que estaba por venir, o así lo creíamos. Y si de escribir hablamos, quedan vacuas aquellas páginas de economía que íbamos a escribir según una forma muy particular de entender el toreo al alimón: Tú las inspirarías y yo las escribiría. Más que como escribano, como un amanuense con opinión.

         ¿Cuantas raciones de puntilla de calamar, amigo piscis, se quedan por ser consumidas mano a mano, tête a tête, como dice el afrancesado que llevo dentro y que a ti tanto te gustaba que sacara a pasear? ¿Cuántos hectólitros de cerveza vamos a perdonar? No puedo tomar ni beber el doble; son censuras propias de cumplir años, pero sí que seguiré haciéndolo por los dos. Allí ´en ese local, donde tú, como entendido, decías que se servía una de las mejores puntillas.

         En Valencia, su pueblo, que ahora también es un poco el mío.

         Desde el Escorial de Godella a 12 de junio de 2018.

         Manuel Salvador Redón

(*)        Los grandes poetas del pasado, esos que el pueblo canta, movidos de su generosidad, permiten que los que no tenemos su talento usemos de sus versos y los adaptemos a nuestros estados de ánimo, a veces transformándolos. Claro, que lo pobres, ¿qué van a decir?