SOBRE EL IV CONCURSO DE MICRORRELATOS DE GODELLA.

SOBRE EL IV CONCURSO DE MICRORRELATOS DE GODELLA.

 

IV-CONCURSO MICRORRELATOS GODELLA-2018Como cada año, este es el cuarto, se ha convocado el Concurso de Microrrelatos de Godella. Cada año también, se van modificando ligeramente las bases y la fórmula de participación. Esta evolución formal ha convertido lo que en principio fue un concurso bienintencionado, algo naif, si me permiten, pero también entrañable, en una mera diligencia administrativa, como expondré a continuación. Añadiré, antes de la exposición, que el autor de estas líneas ha participado en las cuatro ediciones, con desigual fortuna, veremos ésta, aunque ello no es lo que motiva esta disertación.

La cuantía del premio en metálico ha subido ligeramente hasta los 350 Euros para los ganadores: uno en lengua vernácula, otro en castellano. ¡Bien! Eso está bien. Ahora bien, sigo diciendo bien, aunque ello me parezca mal: hay que enviar al Exmoaito, vocablo travieso que sintetiza, Excelentísimo Ayuntamiento, una solicitud de participación. ¡Caramba! À quoi bon?, se pregunta el afrancesado que llevo dentro. ¿Es una primera barrera para discriminar el número de participantes? El caso es que si se quiere participar hay que cumplir el trámite. ¡Pues quiero participar!. Hay dos fórmulas: vía telemática o presencial dando registro de entrada. Antes de desarrollarlas, aclaramos que el trámite tiene por fin, dotar al postulante de un número de registro para adjuntarlo cuando envíe por correo electrógeno, otra palabra de nuestro acervo, el relato micro a la Biblioteca de Godella, lo adjunte, como condición necesaria y excluyente para ser aceptado en la contienda.

La primera intención fue la de enviarlo vía telemática, cómodamente desde casa, teniendo en cuenta que la noche no tiene fronteras y que cualquier hora es buena. Cualquier hora es buena, pero metidos en harina, tras bucear en la página del Exmoaito, el ciudadano que se cree anónimo, se encuentra con el dique que le impide el paso; hace falta entrar con un certificado digital. El escribidor al que Hacienda denomina sujeto pasivo, para cartearse con ella tiene un certificado digital emitido por la Fábrica de Moneda y Timbre, ahí es nada. En la creencia de que lo emitido por la instancia mayor, ¿qué hay por encima de Hacienda?, rige para las menores, se encuentra con que el dique es muy ancho e impenetrable; no sirve. Hay que obtener un Certificado de Ciudadano… ¿? El mismo escribidor siempre aspiró a ser un hombre, no así un ciudadano, designación fatal e impuesta, que como la Gracia de Dios, dicen, se concede sin merecerla. Pues bien, la condición de anónimo era la única que le aliviaba de tal designación… Pues no, para cartearse con la Administración hay que ser un Ciudadano acreditado con Certificado de Ciudadano. No dispuesto a dejar de degustar las mieles del anonimato, decide abandonar esa vía. ¿Haremos una solicitud presencial!

FUEGO-IVCada cual cuenta la mili según le fue. El escribidor cuenta la suya. Se persona en las oficinas municipales a una hora ni intempestiva, ni tardía: las 9.45h. Penetra en la sala de atención. Cuatro mesas; sólo dos ocupadas por funcionarios. Uno de ellos, mesa 2 atiende a un ciudadano ¿anónimo? La otra, pues es una señora, no tiene a nadie delante. Ésta es la mía —piensa el hombre. Buenos días, vengo para un registro de entrada. Muy bien, caballero —responde la funcionaria, hay que coger número; fuera en la maquinita. Ah vale.

El hombre penetra de nuevo. Ya van dos penetraciones. ¿Pero que hace toda esta gente, sentada, que me mira? ¿Serán testigos para una boda? Pronto se percata de su error, viendo la cara paciente de los ciudadanos anónimos. Están esperando su turno. Hay un panel electrónico de debería de indicar el orden y la mesa a la que acudir, pero se ha averiado quedándose anclado en un número anterior. El hombre toma asiento y saluda tímidamente a los más próximos. Estos hacen un conato de respuesta. Cuando el recién llegado toma asiento, deja de tener interés para los pacientes: ya es uno de los nuestros. Sin embargo, el escribidor detecta a su vecino, sombrerito sobre la rodilla, libro en la mano. ¡Es el hombre de Alcázar de San Juan! Le hace una observación sobre el libro que transporta: A este jovencito autor le auguro un brillante porvenir literario. Sí es Pio Baroja. Pues eso.

La funcionaria interrumpe tan edificante conversación. Se aproxima y pregunta: ¿qué es lo suyo? —mientras curiosea la hoja que el hombre aún porta en la mano. Para el concurso de microrrelatos, señora. Ah, muy bien, pero tiene que esperar; sólo mi compañero hace los registros de entrada. Gracias señora.

Entra un muchacho y ocupa una tercera mesa; la más alejada de los pacientes. ¡Muy pulcro! Los otros dos funcionarios tienen hojas, expedientes… Éste nada; acaso unos clips. Los monitores quedan muy bajos, parce ser y cada cual consigue la altura deseado como puede. La señora con un dossier grueso, el hombre-registro de entrada con un paquete de folios y el pulcro con dos. En su caso, el del pulcro, emerge un tronco con ropa deportiva y cabeza de pantalla de ordenador. Les ruego no lo tomen literal, es la percepción que tiene el escribidor, pero ya saben, siempre fabulando historias.

etiqueta-sillaLe toca el turno al hombre de Alcázar de San Juan. Ya he perdido dos metros —razona el escribidor de historias. Su mirada vaga por la dependencia y se detiene en la mesa vacua. ¿Será ocupada alguna vez? Y en su caso, ¿su ocupante se pondrá a hacer registros de entrada? Su mirada vuelve a deambular y vuelve la mesa vacua y a la silla huérfana de posaderas que la caliente. Súbitamente su esperanza muere: bajo la mesa, se observa el lateral de la silla con ruedecillas y otra cosa; la etiqueta colgada. ¡Nunca llegará el cuarto ocupante!

El panel que organiza el turno vuelve a funcionar, con tanto celo que quiere recuperar el tiempo perdido: número 008, mesa 2; número 009, mesa 2. La dama, número 8 y el escribidor, número 9, se miran. ¿Es el comienzo de una gran amistad? No, porque ya se dirige ella a ser atendida. El hombre espera; la ve partir hacia el hombre-registro de entrada. Mantiene la mirada, como en un largo adiós. Ya he perdido otro metro y ya van tres.

Por fin su turno ha llegado; se cruza con la dama número 8, pero ella ya no tiene ojos para él. El H-RE (abreviatura para no repetir hombre-registro de  entrada), le da un tímido recibimiento. Vaya, es tímido —razona el cliente. Lo lleva observando desde hace tres metros, aplicado, trabajador, educado que hasta siente una ligera empatía hacia él. Luego tendrá que enviar el relato por e-mail a la Biblioteca —explica el hombre. Por un momento, el escribidor, concentrado en el trámite y sus circunstancias, había olvidado el fin último de la operación: Presentar a concurso un relato micro. Gracias H-RE. Ya siente tanta afinidad hacia él que desearía conocer su nombre para no seguir refiriéndose a él con semejante acrónimo. El trámite ha concluido, pero como la espera ha sido tan larga, 3 metros, decide sacarle mayor rendimiento. Las buenas maneras del H-RE, le han ganado. ¡Quiero dejar de ser un Ciudadano anónimo! Llamenlo síndrome de Stockholm o como quieran, pero así habló: ¿Cómo puedo obtener un Certificado de Ciudadano? Ah, le damos de alta, le imprimo un contrato, lo firmamos y le proporciono una clave. Después, usted deberá… No continuaremos con la explicación, íntegra, pero entre las curiosidades, por llamarlo de alguna manera, en el impreso modelo para solicitar la participación en el concurso: número de una cuenta bancaria por si resultara ganador. ¡Vaya! Como Hacienda.

El escribidor, tras pasar una buena parte de la mañana en la dependencia municipal, sale al airecillo de la calle, con la frente marchita, cuando de súbito oye el dulce sonido de su nombre a sus espaldas. ¡Caramba! qué efecto tan rápido; ya no soy un ciudadano anónimo. Se gira y reconoce al funcionario H-RE, raudo hacia él. Fulano de tal, este es un ardid para no desvelar el nombre del Ciudadano que ha salido del anonimato, se deja el contrato de… Muchas gracias —espeta el ciudadano reconocido— me siento sobrecogido; es la primera vez que me persigue un funcionario sin fines aviesos; muchas gracias. El H-RE esgrime una mueca; quiere ser cortés, pero se nota que la ocurrencia no le ha hecho gracia; es un hombre serio.

El escribidor de camino al cuarto metro, que éste sí que lo tomará tiene el sentimiento de haber acudido a pedir una pequeña subvención, del tipo para libros escolares, pongamos por caso, con la única diferencia de que en este caso no se primarán razones de residencia, renta, familia numerosa, más bien, esa es su esperanza postrera, cuestiones, como en un premio fallero; el ingenio y la gracia. ¡Qué así sea!

El Morocho del Abasto

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