LLIBERTAT D’EXPRESSIÓ.
No se nos ocurre una comparación mejor que la Ley del Embudo: Ancho para mí, estrecho para los otros.
Pues eso
Manuel Geómetra
Si quiere ver la viñeta anterior, es sólo una suposición, puede pinchar aquí.
LLIBERTAT D’EXPRESSIÓ.
No se nos ocurre una comparación mejor que la Ley del Embudo: Ancho para mí, estrecho para los otros.
Pues eso
Manuel Geómetra
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ZANGOLOTINOS.
Según la RAE, zangolotino, definición a la que nos acogemos: Adj. coloq. Dicho de una persona joven: Aniñada o infantil en su comportamiento y en su mentalidad.
Hay personas, dirigentes incluidos, que pasada la cuarentena, siguen sintiéndose jóvenes. Por ende el adjetivo les es de aplicación.
Manuel Geómetra.
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LAS VACUNACIONES + IVAs. LOS INCRÉDULOS.
Ocurrió en la radio. El locutor entrevistaba al presidente de Castilla La Mancha. Éste sacaba pecho, anunciando que iban a abrir de a pocos la hostelería implantando un sistema pionero, mediante un código Qr, que el ciudadano descargaría en su telefonillo portátil y los hosteleros tendrían también una aplicación que les permitiría tener un control de la clientela. Para rastrearlos, añadió con satisfacción. A esta altura el escribidor oyente se sintió invadido por una enorme congoja; otro instrumento más de control. El presidente seguía presumiendo de ello; el escribidor, a punto del llanto, pero el dirigente siguió y siguió hablando. El escribidor oyente y conductor de vehículo automóvil, todo a un tiempo, evolucionó del llanto a la risa y de ésta a la carcajada. El Cardenal Arzobispo de Toledo le había ofrecido la Catedral Primada de Toledo para acoger unas sesiones de vacunaciones masivas.
Ésta es la historia de esta página-viñeta.
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Manuel Geómetra.
RASTREATORS.
En cuanto a rastreadores, si me dan a elegir, elijo los indios del Far-West.
Manuel Geómetra.
Para ver la viñeta de la semana anterior, sírvase, si así lo desea, de pinchar aquí.
SÍ DA comer con 2 amigos No DA mitin 200 personas.
La Viñeta, espero, habla por sí sola.
Manuel Geómetra
Ver, si se desea, la viñeta anterior, PINCHANDO AQUÍ.
El Clamor en los Tiempos del Córvido.
Servicios Esenciales.
Esta es la segunda semana, por lo tanto segunda viñeta, en la que seguimos abordando las Contradicciones y desatinos en tiempos del Córvido. Todos los Servicios son Esenciales, ¿o no?
VIÑETA TANTERIOR, PINCHAR AQUÍ
EL CLAMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓRVIDO llamado 2019
LA VIÑETA DE LA SEMANA. (no sé si habrá más). Semana I. 23 de Enero de 2021 Por Manuel Geómetra. Nada es lo que parece, aunque a veces, sí.
Una viñeta no precisa de explicación. Se observa, se lee, se devora, si tal pulsión llega a provocar.
Ésta nace, desde las contradicciones inherentes al ser humano, a todos, magnificadas en los que se han arrobado la facultad de dirigirnos.
Lo que la democracia prometía ha fracasado; las libertades individuales, lo más sagrado de todos y cada uno de nosotros, se han quebrado, han sido aniquiladas; destrozadas.
En nombre de la salud, se ha vulnerado casi todo, especialmente el derecho a la salud. Sorprende, pero no debiera. Pues el camino ya viene trazado desde lejos; desde hace tiempo. En nombre de la igualdad, se formulan medidas correctoras que priman a unos discriminando a otros; redundando en la desigualdad. Las grandes palabras: tolerancia, solidaridad, repito igualdad, se han cargado de ideología que excluye y discrimina.
A Franklin Delano Rosevelt, se le atribuye la célebre frase sobre el dictador Tacho Somoza: Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Pues bien, el ejemplo ha cundido y se considera que nuestro hijoputa, en una sola palabra; mucho más castizo; es mejor que el hijoputa de los otros.
Esta viñeta, no va de esto, pero está salpimentada de ello. Va, del que o de los que se arroban la potestad, sin conocernos de nada, de lo que es bueno o conveniente para nosotros. Es una arrogancia supina.
Su doctrina: Prohibir, restringir; cerrar.
El lector, en su condición de lector, pues una viñeta se lee, aunque no tenga texto, es libre; quizás una de las pocas libertades plenas que aún le quedan, si sabe escapar a las prisas que impone internet. Cada uno puede ver lo que su proceso interior le sugiera, aunque no sea, ni por asomo lo que el autor intentó plasmar. Y nunca estará equivocado, pues desde que su mirada contempla la obra, le pertenece. Del mismo modo que un padre, una madre, entrega su hijo, su hija a otro hombre; a otra mujer.
Manuel Geómetra.
LOS CAMAREROS.
Durante los primeros meses de esta enfermedad, tristemente, de moda, se nos dio a muchas criaturas humanas la idea inducida de salir a aplaudir a los sanitarios. Entonces no lo sabíamos, puede que ellos tampoco, los de primera línea, que otros colegas suyos, estaban, como la mayoría de los ministros desaparecidos.
El caso es que luego hubo iniciativas de poner el foco del mérito en otros colectivos, a saber: transportistas, agentes del orden de todos los cuerpos, cajeras y empleados de los súper y mini mercados, tiendas de alimentación, agricultores, ganaderos, pescadores, taquilleras del metro y si me dejo alguno, no vean mala idea, sino olvido imperdonable. A este escribidor, le gustó especialmente cuando algunos se acordaron de las señoras de la limpieza y limpiadores en general. También hubo gente bienintencionada que sin pertenecer a estos colectivos laureados o aun perteneciendo, se les dio por hacer su personal voluntariado ayudando en lo que creían útil. Para todos ellos mi reconocimiento, que por otra parte no precisan.
Diez meses han pasado en que algo se ha aprendido, mucho no se ha querido aprender, mucho más se ha atropellado. Ahora viene el tópico y frase recurrente, que no podíamos dejar de emplear y empleamos: Podemos ver las cosas con cierta perspectiva.
Mi perspectiva, como geómetra, razonablemente entrenado, me hace poner el foco, como punto de fuga al que todos los rayos convergen, en los camareros. En gente de la hostelería, sí, pero especialmente en los camareros. En los empresarios hosteleros, sí, pero especialmente en los camareros; muchos de ellos lo son a su vez. En todos los oficios: cocineros, pinches, friegaplatos… en todos ellos, pero especialmente en los camareros.
Son el único colectivo en mantener durante toda su larga jornada laboral la mascarilla. Me dirán, eso es inexacto, señor escribidor. Si lo dejamos ahí, es inexacto, pero es que aún no concluido la frase. Lo hago ahora, recomenzando. Es el único colectivo que manteniendo durante toda su larga jornada laboral la mascarilla, todo el que ante ellos llega, para gozar de sus atenciones, su primer acto reflejo, es quitarse la mascarilla y respirarles a la cara. Incluso esos médicos que intentan diagnosticarte por teléfono. Esto, así expresado, parece exagerado, pero piénsenlo un poquito, Puede que el juicio no sea tan temerario.
La hostelería, siendo un espacio creado a priori para el placer de sus parroquianos, podría parecer una actividad un tanto libertina, relajada, golfa… Sin embargo, ha demostrado ser un sector muy profesional y muy disciplinado. Además, un colectivo que a pesar de las muchas cortapisas que se les impone, quiere seguir trabajando. El agravio comparativo con quienes teniendo el sueldo asegurado, utilizan la enfermedad en boga como excusa para escabullirse de sus funciones es demoledor.
Se les dice, hay que poner pantallas protectoras y las ponen. Sólo se puede consumir en terraza y lo cumplen. Ahora no se puede fumar en su terraza, pero sí un metro más allá y ejercen de policías. Ahora pueden consumir en mesa y no en barra; lo cumplen. Ahora en mesas, sólo el 70 por ciento y lo hacen. Después el treinta; pues el treinta. Hay que cerrar máximo a las 12, pues hala a cerrar. No, ahora a las cinco, pues venga hasta las cinco. A mí no me prohíbes abrir, pero me obligas a cerrar dos horas antes de que empiece mi especialidad, luego me dejas, que bondadoso, que sea yo quien decida no abrir. Pues me condenas a la pobreza, a la miseria. Me impides que el que trabaja en un polígono hasta las diez de la noche, pueda venir a mi local a tomar una meriendita, pero si puede comprarla en la gran superficie que está al lado.
Gestores de Pandemia que, bajo la bandera de la salud pública, como si ese fuera su objetivo, en cuanto sube el índice de contagios, tienen como prioridad restringir, apretar, extorsionar, en definitiva, no dejar trabajar a quien teniendo ganas, posibilidades y mercado potencial lo haría.
Medidas arbitrarias, prohibiciones que sólo causan dolor humillación y pobreza.
Este escribidor pregunta a los cameros. ¿Conocéis algún compañero de profesión que se haya contagiado?
El último a quién se lo pregunté, tras una buena comida en una mesa aislada a muchos metros de la más próxima, viendo, a través de la vidriera comensales, pocos, con vocación de pingüinos en la terraza a tres grados positivos, me respondió: A ninguno, pero jefes, que no atienden a los clientes, muchos.
Recientemente, los bares, ante el poco margen de negocio, siguiendo el ejemplo de las eléctricas, han subido sus precios. Los gestores de pandemia están consiguiendo, poco a poco, que los bares, tan populares, vayan convirtiéndose en espacios de lujo, como en muchos países de la llamada Europa próspera, en que tomarse una gaseosa cueste un potosí.
El español medio es capaz, en muchos casos, de perdonar a sus políticos que les roben, que les mientan, que formen gobierno aquellos que no están legitimados por los votos para hacerlo, pero sí por truculentos pactos y otras tropelías más que sería largo enumerar.
Pero no tolerarán que los dejen sin bares. Aviso para navegantes.
El Morocho del Abasto.
LA MANSEDUMBRE II
Restricciones que sólo amedrentan a la población. Sigo asombrándome de nuestra infinita mansedumbre. Pero ésta, siempre es previa a los estallidos, a las revueltas. Nos imponen unas restricciones añadidas a las ya flagrantes. Es la caída del estado de derecho. Condenar a la miseria a numerosos colectivos. Es una versión moderna, más amable en apariencia, del exterminio de clases.
Cerrar la hostelería a las 17h, no significa que los bares reduzcan la jornada. Significa que los restaurantes pierdan el turno de las cenas. Significa que muchos negocios hosteleros no pueden abrir, pues la idiosincrasia de su actividad es esa; la de una horquilla horaria diferente; es una especialización. Condenar el servicio en barra, es destruir otra especialización. Todo en nombre de la enfermedad de moda. Todo un pretexto por la salud.
No se pueden poner puertas al campo. Comprendo que, al principio, se diera palos de ciego, no se tenía experiencia y se decretara un confinamiento.
Este. sin embargo, ha demostrado ser arbitrario e ineficaz.
La población tiene que hacer su vida, atender a sus negocios, acudir a su trabajo. Pero también, con medidas de seguridad y ciertas limitaciones de aforo, no digo que no, acudir a los espectáculos, a los espacios culturales, en fin, a tomarse una gaseosa con algunos amigos. Se decretan cosas tan absurdas como cerrar los parques infantiles y suspender los mercados al aire libre. Precisamente, dos de las actividades más seguras.
Y llama la atención que no se les haya ocurrido dos cosas elementales: Reforzar la sanidad y que precisamente ese servicio se dé. Que la asistencia primaria, en efecto lo sea y se atienda presencialmente. Que los procesos, terapias, tratamientos, que las personas necesitan para su salud y para su supervivencia, se sigan practicando.
Un porcentaje elevadísimo de gente que muere bajo el signo del Coronavirus, en verdad lo es porque se abandona la atención que esas personas necesitan. ¿Cuantas muertes achacadas al Coronavirus en puridad lo son por falta de atención?
¿Por qué se posponen operaciones programadas? ¿Por qué no se presta el servicio asistencial a que el ciudadano tiene derecho? ¿Por qué se hace esperar a los pacientes ancianos en la calle, en bipedestación, al frío del invierno en la puerta de los ambulatorios? ¿Por qué todas las administraciones, todas, han reducido, cuando no suprimido la atención al ciudadano?
Si alguien todavía piensa que estamos en un estado de derecho, democrático, en que se goza de libertades, es que es un iluso.
Yo lo he sido muchos años. La venda se me ha caído.
Buenas noches.
El Morocho del Abasto.
LA MANSEDUMBRE.
La verdad es que somos mansos. Nos dan un toque de queda de tiempos de guerra: prohibido salir más allá de la medianoche y lo cumplimos. Nadie se revuelve. No se comparte la medida arbitraria, pero se acata. Pero los buenos ciudadanos, los policías de balcón y visillo quieren más. Remueven, instigan y piden, patalean. Los reyezuelos de los Reinos de Taifas periféricos se hacen eco y aprietan más. Cada uno a su estilo, claro. Cada uno dejando su impronta. El nuestro reduce el toque de queda a las 23 horas. Todos acatamos. Nadie protesta.
Los teatros, los que se atreven aún a programar adelantan sus funciones a las ocho de la tarde. Es invierno y es de noche, menos mal. Los espectadores están esponjados; uno sí, otro no. Aforo limitado al 70, al 50 o al 30 por ciento, según la autoridad invente o esté de humor. El espectador, los espectadores con máscaras de carnaval, respirando con dificultad, pero aún agradecidos a que les permitan este esparcimiento controlado. Los actores actúan, los empresarios abren. Quizás ni los unos ni los otros ganen, pero al menos tendrán para pagar una parte de sus impuestos. Éstos no se han reducido al 70, al 50 o al 30%.
¿Vamos a cenar tras la función, cariño? —Sí sí, sí, pero démonos prisa, que ya son las 22horas.
—Lo siento, señores; no tengo mesa disponible. ¿Si quieren una fuera?
—No Pepito, ya sabes que soy friolera; no lo voy a disfrutar. Caminemos por Valencia, como cuando éramos juveniles.
Todo el mundo se apresura; más que paseo es una carrera.
—Las 22,59; ya estamos en nuestro zaguán querida. Por los pelos.
Debido a la incidencia de los contagios, la municipalidad, sempiterna centinela de la seguridad de los ciudadanos, para protegerlos, suspende cautelarmente la actividad de los mercaditos semanales en la calle. Es la actividad comercial más segura, pero nos da igual; es por vuestra seguridad.
En cuanto a los bares y restaurantes con opción a terraza, en prueba de bondad y como excusa para poder seguir cobrando el impuesto de ocupación de vía pública, les vamos a permitir seguir montando las mismas mesas, pero esponjándolas, para lo cual les permitiremos hacer, lo que hasta ahora sólo podían hacer los falleros, esto es; ocupar la calzada, secuestrando plazas de aparcamiento por el bien de todos. Aquellos que no tengan opción a terraza, da igual; tampoco les vamos a dejar que atiendan en barra, pero no les vamos a cerrar el negocio. El que lo haga, será porque no es solidario y no entiende el sacrificio que todos hacemos.
Los locales de ocio nocturno, en prueba de nuestra infinita misericordia podrán abrir durante el día y servir little cups of café con leche with fantastic croissants. De este modo, los jóvenes noctámbulos no tendrán locales a su disposición en los que disfrutar con garantías. Así, montarán sus botellones nocturnos y podremos cargar en contra de esta juventud irresponsable que sólo piensa en sí misma.
En justa reciprocidad y para evitar males mayores, la atención primaria será telefónica. La ciudadanía ya es madura y sabe expresar con precisión sus síntomas y ante dudas puntuales que pudiera haber, a saber; testículos inflamados, siempre podrán enviar un reportaje fotográfico de los mismos. Para eso está la tecnología ¿no? No todo va a ser chatear con los amigos.
Se perseguirán especialmente los besos, los abrazos y aún las relaciones sexuales, incluso entre convivientes. La Iglesia ha levantado mucho el pie y ha de ser la sociedad civil la que vele contra tales excesos.
Noticia de última hora: Más de 3000 camioneros patrios han sido distinguidos en la frontera franco británica con pruebas PCR gratuitas. No se lo creerán, pero algunos incluso protestan, total por llegar unos días tarde a sus hogares. Oigan; todos los años hay Navidad. País de ingratos.